| Jaime salió de su
casa a mitad de mañana. Como le sucedía frecuentemente
en los
últimos días, pensó en la señora de Iribarne. Sus
labios.
El
automóvil lo esperaba despierto en el estacionamiento.
-
Buen día.- Le dijo. Como de costumbre, cuando no se
sentía del todo bien, no le
respondía,
y Jaime se quedó mirándolo, preocupado.
-
Creo que deberíamos dar una vuelta por el taller de
Dardo, ¿no?.- El auto asintió
bajando
hasta la mitad la ventanilla derecha.
Subió
y lo puso en marcha. Tomó rumbo al taller, a duras
penas. El sol iluminaba
algunas
veredas resaltando los colores, particularmente los
verdes. El auto se
detuvo
exánime al llegar.
- Buen día señor Los.- Dijo Dardo
Fernández, el mecánico, especialista en caños
de escape y tónicos revitalizantes
para mecanismos complejos.
- Buen día Dardo.
- No me diga que tiene problemas con
Edgardo.- Comentó frunciendo la cara en
dirección al auto.
- Sí.- Respondió Jaime con tono
preocupado.
- Bueno, no se haga problemas. Vaya
a su casa, tome unos mates y vuelva en
dos, no, tres horas, que yo se lo
tengo listo.
- Bien, después nos vemos.-
Jaime tomó su
sombrero del auto, calzo anteojos oscuros. Se dio vuelta
hacia
Dardo y lo
sorprendió sacándose la mugre de las uñas con los
dientes. Lo
reprendió
con la mirada. Dardo
se dio cuenta y agachó la cabeza.
En la calle
nuevamente sintió el sol en algunas veredas y prefirió
seguirlas hasta
su casa.
Volvió a pensar en la señora de
Iribarne. No hace muchos años le deberían decir,
todavía, Laurita; y sonrió, oculto
en los cristales y el sombrero.
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