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- Como verá, General, estamos
rodeados de la mejor gente. El año que viene lo mandamos a Ricciardi a hacer
un curso, becado, becado, mire que importante, a la BBC de Londres. Esto no
es joda.
- Sí, me doy cuenta, mi primer error fue no haber
pensado en una persona tan popular como Ricciardi.
- Dese cuenta, el relator de los mundiales, todos
los Boca-River en sus labios, miles de fanáticos soñando con su voz.
- No siga Coronel, no siga que me emociono hasta las
lágrimas.- El General suspiró profundamente y continuó.- Un grave error, sí,
es verdad... - Y se quedó en silencio.
- Cavo.
- Ordene señor Coronel.
- Acérquele los papeles que tenemos preparados al
General.- El Cavo Rosti sacó de entre sus ropas de fajina un bollo de papeles
que enderezó como pudo a dos manos. Los puso sobre el escritorio frente al
General y dijo sacando una birome que llevaba dentro del casquete:
- General, por favor, firme encima de la línea de
puntos cada hoja por cuadruplicado.
- ¡Yo no firmo nada, antes la muerte que es más digna!.
- Le pido por favor, la gente de la prensa espera
afuera, dijimos que en diez minutos teníamos todo arreglado, si tardamos más
no creo que esperen y necesitamos la mayor publicidad para poder desarrollar
una mejor acción de gobierno; sentimos la imperiosa urgencia de cumplimentar
los destinos de la patria y Usted no va a ser un obstáculo, además lo hemos
derrocado y lo tenemos a Ricciardi de testigo.
- Sí.- Dijo Ricciardi.- Yo lo escuché cuando dijo
que se rendía, señor General, me extraña su conducta, somos gente de honor,
caramba.-
Las palabras del periodista sonaron convincentes como
por la radio, manejaba muy bien el estilo intimista, los climas, esa especie
de realismo mágico.
- Tiene razón.- Comentó el General, abatido.- Usted,
Ricciardi, es un sabio.
- Se da cuenta General cual es el fin de todo esto.-
Habló el Coronel.
- No.
- Le comento, ahora asumimos nosotros, y dentro de
seis meses o un año, damos elecciones y...
- ¡No!, me parece increíble.
- Sí, créalo, Ricciardi Presidente de todos los Argentinos,
de todos, de los militares también, una verdadera revolución popular sin límite.-
Todos sonreían, la felicidad se palpaba en el ambiente y era una cosa especial
que no se veía todos los días, el surgimiento de una etapa verdaderamente
popular.
- Paz, pan y al carajo... con los zurdos.- Dijo casi
gritando Ricciardi mientras su primer botella de champagne perdía la cabeza
por un ideal.
Todos reían y llamaron a los periodistas para comunicarles
el estado de las cosas.
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